Traducció al castellà del contes d'Espiral, de Manuel Baixauli

Broma

No sabes qué haces allí. Ignoras como y porqué has venido. Caminas con la mente en blanco. Parece las afueras de tu pueblo, pero no reconoces calles ni edificios. Querías preguntar, pero no ves a nadie. La luz es cadavérica, como al alba. Hace frío. En la ventana de una planta baja ves una claridad ocre. Te acercas. Una cortina te impide ver el interior, pero oyes voces y risas. Golpeas con la aldaba. El hombre que abre te resulta conocido, quizá vive en tu pueblo. Te hace pasar. En el salón encuentras, alrededor de una mesa llena de comida, una docena de vecinos que conoces de vista. Acostumbras a saludar a más de uno, cuando te los encuentras por la calle, pero no te has tratado con ninguno. Has interrumpido su desayuno. Te excusas, dices que te has perdido, que no sabes cómo regresar a casa. Te reciben cordialmente, te invitan a sentarte  y comer, te aseguran que cuando acabéis de comer te orientaran para regresar a casa. Te sientas. Hay embutido, carnes frías, quesos, tortillas, rebanadas de pan con tomate y vino. Lo pruebas todo, te deleitas, verdaderamente tenías hambre. Bebes a placer. El ambiente es distendido y festivo, poco a poco vas cogiendo confianza. Sin embargo, hay un fenómeno que te inquieta: tus vecinos son mucho más altos y delgados de lo que tú creías. Incluso te parece que ahora son más esbeltos que cuando has entrado y les has explicado tu problema. “¿Será el vino?”, te preguntas. Olvidas el asunto y vuelves a sumergirte en la fiesta. La comida te reconforta, la bebida disuelve la timidez y los prejuicios, quieres participar del entusiasmo de los anfitriones. Entre las voces y las risas de los otros decides intervenir y haces una broma. No es necesario anotarla, es una broma insignificante, adecuada al ambiente distendido, inofensiva. Pero ha sido hablar tú y enmudecer todos. Y tus palabras, en vez de diluirse en el alboroto colectivo, resuenan como la rotura de un cristal. Desde su altura que duplica la tuya, todos te examinan, severos. En  tono áspero, mortificante, un de ellos dice,: “¡Ja, ja, ja! ¡qué gracia!”

Imatge de Carlos Encinas

Tren

Era de noche. Casi todos los viajeros dormíamos. El trayecto era largo, solo habíamos recorrido la mitad; el tren sonaba íntimo.
Un viejo se levantó y encendió la luz. Suspiros, alguna imprecación.
-¡ Señoras! ¡Caballeros! -gritó-. Debo informarles.
El viejo insistió hasta que todos atendimos. Parecía un hombre austero, sensato, serio.
-Debo comunicarles una noticia -dijo bajando la voz, en tono confidencial.
Silencio. Solo el traqueteo del tren.
-¡Dios ha muerto!... Hoy mismo, hace pocos minutos.
Vacío polar en el esqueleto. Pánico, quizá.
Alguien se rió. Oí, también, un llanto.
Y el sonido del tren.
¿ Cabía la posibilidad de que hasta aquel momento Dios hubiera existido?